La Historia De

William Mc Gregor

Don Willy

El viajero, como un eterno buscador, encontró en cada rincón del mundo una chispa de su propia divinidad. Que esta experiencia sea un faro, guiándonos a vivir con valentía, a desear la aventura, y a encontrarnos a nosotros mismos en el vasto lienzo del destino.

Frase dicha por William McGregor a Daqnia uno de sus mejores amigos.
Tibet, China. Diciembre 1 de 1985

El Nacimiento de un Explorador Legendario

En una época en que los atlas aún guardaban misterios insondables, nació en las brumas londinenses un niño destinado a surcar los confines más recónditos del mundo. William McGregor fue el fruto del amor entre un cartógrafo de mirada aviesa (Richard) y una hermosa colombiana perteneciente a la tribu Yaxacuna (Elena) cuyos cabellos negros evocaban las noches selváticas.

Desde su más tierna infancia, Will bebió con avidez los relatos fabulosos que su madre le narraba al arrullo de las noches inglesas. Historias fragantes a jazmín y salpicadas de criaturas mitológicas que vagaban entre los manglares de la Sylvaria, La Flor de la Luna. Este misterio lo hechizaba con fuerza especial, un portento natural cuya belleza desafía toda descripción y que aguardaba entre los enigmas de la selva colombiana.

Explorando lo Desconocido

A medida que sus pasos se alargaban, la pasión de Will por lo desconocido crecía con la fuerza de las mareas. Poseído por los vientos de la aventura, no hubo rincón del planeta que no pisaran sus botas de explorador. Desde compartir una cena con el legendarioYeti en las gélidas cumbres del Himalaya, hasta adoptar a una cebra huérfana criada con ternura por una leona en la sabana africana. En las ruinas decrépitas de Machu Picchu inclusive, su cámara capturaría la primera evidencia conocida de los visitantes estelares que un día las erigieron.

Pero por encima de estos logros fabulosos, la leyenda de la Flor de la Luna seguía mordiéndole el alma con dientes de obsidiana. Convencido de que aquel portento milenario albergaba una sabiduría insospechada, Will se internó en las entrañas de la selva colombiana en una búsqueda incansable. Poco sabía que este periplo lo conduciría a desentrañar las verdades más hondas sobre sí mismo y el cosmos que lo circundaba.

El Destino de Ícaro: La Caída y Renacimiento de William

Fue una tarde azul de esas que auguran tempestades, mientras piloteaba su aeronave Ícaro sobre la espesa alfombra vegetal, tuvo una mala y sarcástica jugada del destino. Un fallo mecánico desató el descenso furioso de la nave hacia el corazón inhóspito de la selva, así como su homónimo griego cayó sobre el inmenso mar. Malherido y desorientado tras el impacto, Will libró una batalla feroz por sobrevivir en aquel reino de lianas y serpientes.

La tenacidad heredada de su padre explorador lo guió hasta una aldea escondida en la selva en donde brazos amigos prendaron sus heridas con bálsamos de antigua sabiduría. Al recobrar la conciencia, Will se vio colmado de gratitud luego de que el azar lo reencontrara con la tribu materna, los Yaxacuna. Este reencuentro con sus raíces encendió en su pecho la llama inextinguible de continuar la búsqueda de la Flor de la Luna.

El Hogar de Don Willy: Ícaro Retreat

El ermitaño, el más sabio de la tribu, desveló el secreto de la Silvarya, le dijo que representaba la conexión indisoluble entre todos los seres vivos y la tierra que les da vida, no es algo material, la Flor de la Luna vive en nosotros. Conmovido, Will comprendió que su búsqueda obsesiva por un tesoro había sido en vano. Renunció a su vida de explorador y decidió abrazar la filosofía de la tribu y encontrar el equilibrio.

Con la ayuda Yaxacuna, restauró el avión accidentado y lo convirtió en un refugio ecológico llamado «Ícaro Retreat». Allí, rodeado de la exuberancia selvática, sigue pasando el resto de sus días en paz, siendo conocido cariñosamente por los lugareños como «Don Willy», el explorador que finalmente encontró su hogar.